Lo de siempre.
Ni una sola mención a la función.
Ni una sola pregunta incómoda.
Las dejé en el salón mientras yo recogía la cocina.
Se oían tijeras, pegamento, papeles.
Al cabo de un rato, Lucía apareció con una camiseta blanca en la mano.
—Mamá, ¿esta aún me vale?
La miré.
Era una camiseta lisa, de manga larga, casi nueva.
—Te queda un poco corta de mangas —le dije.
Lucía asintió como si estuviera comprobando una teoría.
Luego volvió al salón.
A los dos minutos oí a Martina decir:
—No, que no hace falta.
Y a Lucía contestar:
—Claro que hace falta. A mí me pica del cuello.
No sé cómo explicarlo, pero se me hizo un nudo.
Porque entendí la maniobra al instante.
No le estaba “dando” nada.
Estaba quitándole importancia.
Volviendo la escena habitable.