Cuando mi hija vio el hambre detrás del silencio, yo aprendí dignidad

Tenía ojeras.

Y esa forma de mirar a su hija de reojo cada dos segundos que tienen las madres cuando intuyen que algo no va bien aunque nadie lo diga.

Le propuse tomar un café en el bar de la esquina mientras las niñas se comían un bocadillo.

Aceptó.

Dentro olía a tostadas y a loza caliente.

Nos sentamos junto al cristal empañado.

Al principio hablamos de cualquier cosa.

Hasta que ella dejó la taza en el plato y me dijo, sin rodeos:

—Lo saben.

No pregunté qué.

Ya lo sabía.

—No todos —añadió—. Pero lo suficiente.

Miraba el café, no a mí.

—Martina me dijo que en clase no pasa nada grave. Que son tonterías. Pero ya sabes cómo son estas cosas. Una frase aquí. Otra allá. Una mirada. Un silencio. Y a esa edad todo se te queda pegado.

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