Seis Fracturas, Tres Apellidos Y Un Padre Que Había Enterrado Su Pasado-silas

David tomó la libreta.

—No necesitas explicar más ahora.

Nora cerró los ojos.

Él entregó la información al personal correspondiente para que quedara registrada por la vía adecuada.

No iba a esconder aquello dentro de su propia investigación privada.

Ese detalle importaba.

Si alguien intentaba hacer desaparecer el caso, tendría que existir un caso que desaparecer.

David comenzó a entender cuál debía ser su verdadera tarea.

No sustituir la investigación.

Impedir que la investigación pudiera ser enterrada sin dejar huellas.

Bishop volvió a llamar.

—Tengo a los tres.

David salió al pasillo.

—¿Dónde?

—No físicamente.

David casi sonrió pese a todo.

El Bishop de antes seguía allí.

—Perfiles, empresas vinculadas, familiares, donaciones, relaciones con la universidad.

—¿Y las cámaras?

—Mitchell está trabajando esa parte.

—¿Policía?

—Lawson.

—¿Tribunales?

—Park.

David apoyó la mano contra la pared.

—Nada ilegal.

Bishop guardó silencio.

—Lo digo en serio.

—Entiendo.

—Si algo no puede sostenerse frente a alguien externo, no me sirve.

—Entendido.

Ese límite era necesario.

El Phantom Commander había trabajado en un mundo donde la velocidad podía decidir quién volvía a casa.

El padre de Nora necesitaba otra clase de disciplina.

Porque una verdad contaminada por una venganza torpe podía terminar ayudando a las mismas personas que intentaba enfrentar.

Pasó una hora.

Después otra.

La luz del hospital seguía siendo demasiado blanca.

David dejó de mirar el reloj.

Nora dormía.

Su teléfono recibió una llamada más.

Bishop.

—David.

No comandante.

Eso le llamó la atención.

—Dime.

—Hay un patrón.

David esperó.

—No es solo una cámara averiada.

Bishop enumeró lo que había podido confirmar hasta ese momento.

Accesos.

Horarios.

Cambios.

Personas con capacidad de tocar distintos sistemas.

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