No había sido un error médico.
Alguien había intentado mantenerla inconsciente el tiempo suficiente para declararla muerta, encerrarla en un ataúd y destruir cualquier evidencia mediante la cremación.
La policía separó a Julián, Teresa y Claudia, la nueva pareja de mi exmarido.
Sus versiones no coincidían.
Julián dijo que todo se debía a una confusión de la funeraria.
Teresa aseguró que las correas eran normales durante el traslado.
Claudia juró que nunca había visto a Sofía amarrada.
Después encontraron el parche medicinal pegado bajo su vestido.
El número de lote llevó a los investigadores hasta una clínica privada.
El médico que había firmado el certificado de defunción era Ricardo Márquez.
Hermano de Claudia.
Nunca había examinado a Sofía.
Había firmado el documento desde su casa.
Mientras yo esperaba fuera de terapia intensiva, un comandante de investigación se sentó junto a mí.
—Doctora, necesito mostrarle algo.
Me entregó fotografías del sótano.
La habitación tenía aislamiento acústico.
Una cerradura electrónica.
Una cama pequeña.
Cámaras conectadas a una aplicación.
En una mesa estaban los dibujos de Sofía.
Pero también había cuadernos escolares de Emilia Santillán.
Reconocí inmediatamente el nombre.
Su desaparición había aparecido durante semanas en televisión.
Emilia tenía 8 años.
Su padre, Ernesto Santillán, era socio de Julián en una desarrolladora inmobiliaria.
Poco antes de que Emilia desapareciera, Ernesto había denunciado irregularidades por más de 30 millones de pesos.
—¿La encontraron? —pregunté.
El comandante negó con la cabeza.
—Todavía no.
Sentí náuseas.
Mi padre llegó poco después.
Tenía 71 años y siempre había sido un hombre difícil de intimidar.