Pedí verla.
Me dijeron que no.
Pedí el expediente médico.
Me dijeron que estaba incompleto.
Pedí una autopsia independiente.
Teresa llamó a mi abogado para acusarme de utilizar la muerte de mi hija para vengarme de su hijo.
Y ahora estaba allí, frente a aquella caja blanca, preguntándome por qué una madre debía despedirse de su propia hija mirando únicamente una fotografía.
Entonces escuché el susurro.
—Mamá…
Levanté la cabeza.
Miré alrededor.
Nadie.
Volví a acercarme al ataúd.
—¿Sofía?
Un sonido diminuto salió desde dentro.
Rasqué con los dedos el borde de la tapa hasta encontrar el seguro interior.
La abrí.
Y casi grité.
Sofía abrió los ojos.
Estaba pálida.
Los labios azulados.
El cabello húmedo pegado a la frente.
Respiraba tan débilmente que apenas se movía su pecho.
—Mamá… tengo frío.
Metí las manos dentro del ataúd para sacarla.