Metí las manos dentro del ataúd para sacarla.
No pude.
Sus muñecas estaban sujetas a la base con cinchos de plástico.
También tenía correas alrededor de los tobillos.
—¿Quién hizo esto?
Sofía comenzó a llorar sin fuerzas.
—Papá dijo que tenía que dormir.
Vi entonces 4 pequeños puntos rojos en su brazo izquierdo.
Marcas de agujas.
Yo era médica.
Sabía perfectamente lo que estaba viendo.
Y también comprendí otra cosa.
Mi hija no había despertado por accidente unos minutos antes.
Probablemente llevaba horas entrando y saliendo de un estado de sedación profunda.
Busqué desesperadamente algo con qué cortar los cinchos y encontré una pequeña llave pegada debajo del acolchado.
Abrí las correas.
La levanté.
Pesaba mucho menos de lo que recordaba.
3 años antes, Julián había conseguido la custodia casi total argumentando que mi trabajo como médica militar me obligaba a ausentarme demasiado.
Presentó informes psicológicos.
Testigos.
Una terapeuta infantil aseguró que Sofía sufría ansiedad después de verme.
Teresa declaró que yo anteponía mi uniforme a mi maternidad.
Perdí.
Después comenzaron las excusas.
Sofía estaba enferma.
Sofía no quería hablar conmigo.
Sofía estaba dormida.
Sofía tenía terapia.
Sofía había desarrollado miedo a verme.
Cada vez que llegaba con una orden judicial, Julián aparecía en la puerta diciendo que la niña estaba demasiado alterada para salir.
Yo había pasado 3 años creyendo que mi hija estaba aprendiendo a odiarme.
Ahora la sostenía en mis brazos y ella se aferraba a mi cuello.
—Mamá, no me regreses con ellos.
Escuché pasos.
—¿Valeria?
Era Julián.
Me llevé a Sofía hacia una habitación contigua de preparación y cerré la puerta.