En el funeral de mi hija de 6 años, escuché un susurro desde su ataúd blanco: —Mamá, no dejes que papá me vuelva a dormir. Levanté la tapa y la encontré viva, amarrada y con marcas de agujas en los brazos. Entonces mi suegra gritó: —¡Cierren ese ataúd! La cremación empieza en 20 minutos.

—Sofía me contó que tú le ponías las inyecciones.

Levantó la cabeza.

—Valeria…

—Me dijo que intentaba no llorar porque tú le prometiste que si era una niña buena despertaría en un lugar mejor.

Julián se quebró.

—Yo amo a mi hija.

Sentí algo frío dentro del pecho.

—No vuelvas a decir eso.

Me miró.

—Una persona que ama a su hija no la seda durante días. No la encierra. No le enseña a tener miedo de su madre. Y no espera tranquilamente mientras preparan un horno para borrar su cuerpo.

Bajó la mirada.

Entonces le hice la pregunta que llevaba años atormentándome.

—¿Sofía realmente decía que no quería verme?

Julián permaneció callado.

—Contéstame.

—No.

Aquella palabra me dolió más que todo lo anterior.

—Preguntaba por ti casi todos los días.

Tuve que apretar las manos debajo de la mesa.

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