Después se marchó para dirigir una fundación privada dedicada a formar jóvenes profesionales sin contactos familiares.
Durante años recibió informes positivos.
Pero en los últimos meses comenzaron a llegarle mensajes distintos.
Candidatos rechazados por su edad.
Mujeres juzgadas por su ropa.
Personas con apellidos extranjeros que nunca pasaban de la primera ronda.
Ofertas reservadas para familiares de directivos.
Elena pidió una auditoría discreta.
Lo que encontró fue peor de lo que esperaba.
Por eso había regresado sin anunciarse.
No como la presidenta del consejo de supervisión.
No como una de las personas con más autoridad dentro del grupo.
Sino como una mujer corriente buscando empleo.
En el pasillo lateral había siete candidatos. Todos vestían trajes oscuros, zapatos brillantes y relojes que costaban más que el sueldo anual de muchas familias.
Cuando Elena se acercó, las conversaciones se apagaron.
Una mujer llamada Lorena Sanz miró su bolsa de tela.