—No puede ser —murmuró—. Una aspirante a vicepresidenta con bolsa de tela.
Lorena se acercó a la cámara.
—Ponle un título: “Cuando te confundes de edificio”.
El joven de recursos humanos encargado de organizar las entrevistas estaba a pocos metros. Se llamaba Marcos Vidal.
Escuchó todo.
No intervino.
Incluso sonrió.
Elena sintió que los dedos se le tensaban alrededor del asa de la bolsa. No estaba acostumbrada a que la humillaran de aquella manera.
Podría haber sacado su acreditación.
Podría haber llamado al director general.
Podría haber terminado la prueba en ese mismo momento.
Pero necesitaba saber hasta dónde llegaba el problema.
Así que respiró despacio.
—¿La señora Navarro? —llamó Marcos—. Ya puede entrar.
Elena avanzó.
Álvaro le susurró al pasar:
—Intenta no manchar las sillas.
La sala de entrevistas tenía una mesa larga, una pantalla enorme y ventanales desde los que se veía media ciudad.
Tres personas esperaban al otro lado.
El director de recursos humanos, Ricardo Salas, ocupaba el centro. Era un hombre corpulento de cincuenta y cuatro años, con un traje perfectamente ajustado y una sonrisa que no llegaba a los ojos.
A su derecha estaba Beatriz Mena, directora de selección ejecutiva. Llevaba una chaqueta roja, labios del mismo color y una carpeta cerrada frente a ella.
A la izquierda se encontraba Tomás Herrero, responsable de operaciones. Jugaba con sus gemelos mientras observaba a Elena de arriba abajo.
Nadie le ofreció la mano.
Nadie la invitó a sentarse.
Ricardo miró hacia la puerta.
—¿La candidata viene detrás?
Marcos soltó una risa.
—Es ella.
Ricardo arqueó las cejas.
—¿Usted?
—Elena Navarro —respondió ella—. Tengo una entrevista para el puesto de vicepresidenta de estrategia internacional.
Beatriz apoyó los codos en la mesa.
—Pensábamos que era la persona que venía a traer el café.