Trece francotiradores fallaron el tiro imposible, pero una capitana olvidada pidió una bala y silenció a todos

Las risas se apagaron.

—Este fusil está preparado para su forma de respirar y apoyar la cara —dijo, mirando a Díaz—. Es su ecuación, no la mía.

—Entonces use otro —respondió él.

—Eso haré.

Un auxiliar llevó un fusil estándar de precisión de largo alcance. Elena lo tomó, comprobó el equilibrio, accionó el cerrojo y revisó el visor.

El general Rivas seguía estudiándola.

—Capitana Vargas, entiende que son cuatro mil metros, con viento cruzado, calor extremo y una imagen deformada.

—Sí, mi general.

—Tendrá un solo disparo.

—Es suficiente.

Elena se tumbó sobre la plataforma.

No sacó una computadora.

No pidió una nueva lectura electrónica.

Abrió un pequeño cuaderno de tapas gastadas. Sus páginas estaban llenas de notas, diagramas y observaciones escritas a mano durante años.

Miró las banderas.

Después miró la arena.

Luego fijó la vista en un arbusto seco atrapado contra una valla lateral.

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