—Están luchando contra un espejismo vivo —murmuró un oficial—. El blanco parece desplazarse cuando cambia la temperatura.
Uno de los tiradores más respetados tiró al suelo su cuaderno de cálculos.
—No hay patrón —dijo, derrotado—. Cuando crees entender el aire, ya cambió.
Sexto disparo.
Fallo.
Séptimo.
Fallo.
Octavo, noveno y décimo.
Todos fallaron.
El murmullo del público se apagó. Las bromas desaparecieron. Los hombres que habían llegado seguros de sí mismos empezaron a revisar el equipo con manos tensas.
El undécimo no tocó el metal.
El duodécimo tampoco.
El capitán Sergio Díaz fue el último. Se tumbó frente al fusil como quien entra en un terreno que le pertenece.
Había acertado a distancias que otros ni siquiera intentaban.
Respiró.
Disparó.
La espera pareció interminable.
—Fallo —informó el observador—. Un metro y medio bajo, desplazado a la derecha.