Trece francotiradores fallaron el tiro imposible, pero una capitana olvidada pidió una bala y silenció a todos

—Las amenazas reales no se acomodan a nuestros cálculos, coronel. La distancia se mantiene.

—Pero, señor…

—Cada fallo de hoy será una lección aprendida sin perder una vida. Siga con la prueba.

El coronel tragó saliva y se retiró.

El primer tirador ocupó la posición. Era metódico, premiado y famoso por no dejar nada al azar.

Revisó el viento, ajustó el visor, controló la respiración y disparó.

Pasaron casi cuatro segundos.

El observador habló por radio.

—Fallo. Dos metros a la izquierda.

El hombre se levantó molesto, aunque intentó mantener la compostura.

El segundo tirador fue más rápido. Había ganado competiciones y tenía una confianza que llenaba el espacio antes que él.

Disparó.

—Fallo. Tres metros a la derecha.

El tercero impactó demasiado alto.

El cuarto, bajo.

El quinto quedó cerca, pero no lo suficiente.

Lo preocupante no era solo que fallaran. Cada bala terminaba en una zona diferente, como si el desierto cambiara las reglas durante el vuelo.

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