—No necesito culpar a nadie.
Sacó de un pequeño estuche una herramienta de medición y un nivel compacto. Revisó el montaje, la alineación y el cierre con una atención tan rápida como precisa.
Las risas se apagaron.
—Este fusil está preparado para su forma de respirar y apoyar la cara —dijo, mirando a Díaz—. Es su ecuación, no la mía.
—Entonces use otro —respondió él.
—Eso haré.
Un auxiliar llevó un fusil estándar de precisión de largo alcance. Elena lo tomó, comprobó el equilibrio, accionó el cerrojo y revisó el visor.
El general Rivas seguía estudiándola.
—Capitana Vargas, entiende que son cuatro mil metros, con viento cruzado, calor extremo y una imagen deformada.
—Sí, mi general.
—Tendrá un solo disparo.
—Es suficiente.
Elena se tumbó sobre la plataforma.
No sacó una computadora.
No pidió una nueva lectura electrónica.
Abrió un pequeño cuaderno de tapas gastadas. Sus páginas estaban llenas de notas, diagramas y observaciones escritas a mano durante años.
Miró las banderas.
Después miró la arena.
Luego fijó la vista en un arbusto seco atrapado contra una valla lateral.
El viento no se movía igual a ras del suelo que sobre el terreno abierto.
También escuchó el ruido lejano de un helicóptero y el cambio en el zumbido de los generadores. Sintió el aire contra la piel de los antebrazos.
No era magia.
Era atención acumulada durante miles de horas.
Elena había aprendido a leer el mundo cuando una décima de error significaba que alguien podía no regresar a casa.
A su alrededor, el patio quedó en silencio.