El cuarto, bajo.
El quinto quedó cerca, pero no lo suficiente.
Lo preocupante no era solo que fallaran. Cada bala terminaba en una zona diferente, como si el desierto cambiara las reglas durante el vuelo.
—Están luchando contra un espejismo vivo —murmuró un oficial—. El blanco parece desplazarse cuando cambia la temperatura.
Uno de los tiradores más respetados tiró al suelo su cuaderno de cálculos.
—No hay patrón —dijo, derrotado—. Cuando crees entender el aire, ya cambió.
Sexto disparo.
Fallo.
Séptimo.
Fallo.
Octavo, noveno y décimo.
Todos fallaron.
El murmullo del público se apagó. Las bromas desaparecieron. Los hombres que habían llegado seguros de sí mismos empezaron a revisar el equipo con manos tensas.
El undécimo no tocó el metal.
El duodécimo tampoco.
El capitán Sergio Díaz fue el último. Se tumbó frente al fusil como quien entra en un terreno que le pertenece.
Había acertado a distancias que otros ni siquiera intentaban.
Respiró.
Disparó.
La espera pareció interminable.
—Fallo —informó el observador—. Un metro y medio bajo, desplazado a la derecha.
Díaz apartó la cara del visor y golpeó la arena con el puño.
El general Rivas miró a los trece seleccionados.
—¿Queda alguien?
Nadie respondió.
Fue entonces cuando Elena habló desde atrás.
—¿Me permite intentarlo, mi general?
Las risas comenzaron pequeñas, nerviosas.
—¿En serio? —dijo un teniente—. Ni siquiera tiene distintivo de combate.
—Tal vez le dispare a la luna —añadió otro.
Díaz se puso de pie. La vergüenza por su fallo se transformó en malicia.
—Si va a convertir esto en un circo, al menos que use mi fusil —dijo—. Está ajustado y listo. Así no podrá culpar al equipo.
Elena llegó a la línea y observó el arma.