Al salir, el sargento López le cerró el paso en el pasillo.
—Vargas.
Elena se detuvo.
—La vi ordenar la munición —dijo él—. Buen ojo. Buena memoria. Eso sirve mucho en apoyo.
La palabra apoyo sonó como una puerta cerrándose.
López se acercó un poco más.
—Pero la prueba de cuatro mil metros no es contar cajas. Allí el viento cambia en segundos, el calor deforma la imagen y una duda basta para perderlo todo. Hace falta una clase de instinto que no se aprende en una oficina.
Elena lo escuchó sin bajar la mirada.
—No se le ocurra salir de su carril —continuó él—. No haga pasar vergüenza al mando. Deje lo imposible a los profesionales.
Ella inclinó apenas la cabeza.
—Sargento, a esa distancia el instinto sin cálculo es solo una apuesta.
López frunció el ceño.
—¿Y usted cree que sabe calcularlo?