Trece francotiradores fallaron el tiro imposible, pero una capitana olvidada pidió una bala y silenció a todos

El general Mateo Rivas se colocó frente a la formación.

Detrás de él, una pantalla mostraba la imagen ampliada del blanco, situado a cuatro mil metros. A simple vista era casi imposible distinguirlo.

—Esto no es un espectáculo de orgullo —anunció—. El Programa Fantasma busca personas capaces de resolver problemas que parecen no tener solución. Hoy no se premiará la fama. Se premiará la precisión.

Un coronel se acercó y le habló en voz baja.

—Mi general, los datos del aire cambiaron. Hay capas de temperatura opuestas sobre el segundo tramo. La imagen del blanco se mueve y el viento no mantiene una dirección estable.

Rivas siguió mirando el horizonte.

—¿Qué recomiendan las simulaciones?

—Cancelar o reducir la distancia. Incluso nuestros mejores tiradores tendrán un margen de error enorme. Puede convertirse en una cadena de fracasos frente a todo el cuartel.

El general sacó del bolsillo una vieja fotografía de su patrulla. La observó apenas un instante y volvió a guardarla.

—Las amenazas reales no se acomodan a nuestros cálculos, coronel. La distancia se mantiene.

—Pero, señor…

—Cada fallo de hoy será una lección aprendida sin perder una vida. Siga con la prueba.

El coronel tragó saliva y se retiró.

El primer tirador ocupó la posición. Era metódico, premiado y famoso por no dejar nada al azar.

Revisó el viento, ajustó el visor, controló la respiración y disparó.

Pasaron casi cuatro segundos.

El observador habló por radio.

—Fallo. Dos metros a la izquierda.

El hombre se levantó molesto, aunque intentó mantener la compostura.

El segundo tirador fue más rápido. Había ganado competiciones y tenía una confianza que llenaba el espacio antes que él.

Disparó.

—Fallo. Tres metros a la derecha.

El tercero impactó demasiado alto.

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