Al salir, el sargento López le cerró el paso en el pasillo.
—Vargas.
Elena se detuvo.
—La vi ordenar la munición —dijo él—. Buen ojo. Buena memoria. Eso sirve mucho en apoyo.
La palabra apoyo sonó como una puerta cerrándose.
López se acercó un poco más.
—Pero la prueba de cuatro mil metros no es contar cajas. Allí el viento cambia en segundos, el calor deforma la imagen y una duda basta para perderlo todo. Hace falta una clase de instinto que no se aprende en una oficina.
Elena lo escuchó sin bajar la mirada.
—No se le ocurra salir de su carril —continuó él—. No haga pasar vergüenza al mando. Deje lo imposible a los profesionales.
Ella inclinó apenas la cabeza.
—Sargento, a esa distancia el instinto sin cálculo es solo una apuesta.
López frunció el ceño.
—¿Y usted cree que sabe calcularlo?
—Mi cálculo es correcto.
Elena dio un paso para rodearlo.
—Si alguna vez queda libre una posición, nos veremos en la línea.
Siguió caminando.
López se quedó quieto, sin saber si acababa de escuchar una promesa o una amenaza.
De regreso a su habitación, Elena abrió el armario. Debajo de los uniformes doblados había una pequeña caja de cedro.
Levantó la tapa con cuidado.
Dentro descansaba una fotografía descolorida de cinco soldados mucho más jóvenes. Elena aparecía en el centro, sonriendo de una manera que ya casi no recordaba.
Debajo de la foto había una vaina plateada con unas coordenadas y una fecha grabadas.
Valle del Halcón, 2017.
Elena pasó el pulgar sobre el metal.
Después cerró la caja.
Algunos recuerdos no se guardan para visitarlos.
Se guardan para que no escapen.
Dos días más tarde, cientos de soldados llenaron el área de observación del polígono extremo. El sol golpeaba el concreto y hacía temblar el horizonte.