El viento no se movía igual a ras del suelo que sobre el terreno abierto.
También escuchó el ruido lejano de un helicóptero y el cambio en el zumbido de los generadores. Sintió el aire contra la piel de los antebrazos.
No era magia.
Era atención acumulada durante miles de horas.
Elena había aprendido a leer el mundo cuando una décima de error significaba que alguien podía no regresar a casa.
A su alrededor, el patio quedó en silencio.