Nuria se volvió hacia ella.
—Porque es verdad.
Entonces Carmen sacó de su bolso un cuaderno verde.
Nicolás no sabía que existía.
Su madre lo abrió por la primera página.
Había fechas.
“12 de febrero: Nuria retira tarjeta.”
“3 de marzo: Javier dice que no podemos recibir a Pilar porque papá se pone nervioso.”
“21 de abril: faltan 1.200 euros.”
“8 de mayo: cambian cerradura principal.”
“15 de junio: Manuel pide volver a su habitación. Dicen que no.”
Carmen había escrito durante meses.
No para denunciar.
Para no dejarse convencer de que estaba imaginándolo.
—Cuando repites muchas veces que una persona mayor no recuerda —dijo ella—, llega un momento en que hasta esa persona duda de sí misma. Yo empecé a apuntarlo todo para saber que no estaba loca.
Nuria palideció.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra mi vida.
Javier comenzó a temblar.
Nuria giró hacia él.
—Di algo.
Él la miró.
Por primera vez no buscó permiso en su rostro.
—Nicolás tiene razón.
Nuria se levantó.
—¿Perdona?
Javier confesó.
Contó las transferencias, las deudas, los documentos y las conversaciones en las que Nuria le había asegurado que, si los padres parecían incapaces, sería más fácil controlar la casa. Admitió también que había participado voluntariamente al principio.
No intentó presentarse como víctima.
—Lo permití porque tenía miedo de volver a perderlo todo —dijo—. Y porque estaba enfadado con Nicolás. Pensaba que esta casa me correspondía por haberme quedado aquí.
Manuel lo observó con una tristeza serena.
—Te quedaste en mi casa. Eso no significa que te quedaras conmigo.
Javier bajó la cabeza.
Nuria empezó a gritar que todos eran unos desagradecidos, que sin ella las cuentas serían un desastre, que Nicolás aparecía con dinero después de años de ausencia y ahora fingía ser el salvador.