No pidió que retiraran ninguna denuncia.
Llevaba una mesita de madera restaurada, una pieza vieja del taller que Manuel había dado por perdida.
—La he arreglado —dijo.
Manuel pasó la mano por la superficie.
Javier tragó saliva.
—No espero que me perdones hoy.
Su padre tardó mucho en responder.
—Puedo seguir queriéndote y no permitir que vuelvas a hacerme daño.
Javier asintió.
No hubo abrazo.
Tampoco hubo una puerta cerrada para siempre.
A partir de entonces empezó a devolver el dinero poco a poco, aceptó sus responsabilidades y buscó trabajo fuera de los negocios familiares. Por primera vez, Manuel no vendió nada para rescatarlo.
Carmen volvió a invitar a Pilar a merendar.
La puerta principal dejó de estar cerrada.
Las fotografías regresaron a las paredes.
Y cada domingo, estuviera en Madrid o en cualquier otra ciudad, Nicolás reservaba 1 hora para hablar con sus padres sin mirar el correo, sin reuniones y sin prisas.