Miré a Ana.
Ella estaba grabando desde su propio teléfono.
—¿De quién fue?
—No puedo decirte.
—Entonces voy con auditoría.
—¡Espera!
Su voz explotó.
—Salvador dijo que solo necesitábamos ajustar la evaluación. Nada más. Dijo que nadie perdería dinero.
Cerré los ojos.
Ahí estaba.
—¿Cuánto te pagaban?
—No es así.
—¿Cuánto?
—Vale…
—¿Cuánto?
—120,000.
Ana dejó de escribir.
—¿Y Salvador?
Esteban respiró.
—No sé.
—Mientes.
—No sé exactamente.
—¿R&C Servicios Integrales es de él?
Silencio.
Eso fue suficiente.
—Esteban.
—Escúchame. Tú puedes arreglar esto.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo?
—Di que autorizaste el cambio porque yo soy tu primo. Te van a correr, quizá, pero no te van a hacer nada más. Yo te doy dinero mientras encuentras otro trabajo.
Durante 3 segundos no reconocí al hombre al otro lado del teléfono.
Luego recordé algo.
Sí lo reconocía.