—¿Entonces cuál fue?
Apreté su mano.
—Que me fui creyendo que tenía que demostrar cuánto valía.
Miré hacia la carretera.
—Y volví entendiendo que mi valor nunca estuvo en discusión.
La ciudad no me convirtió en alguien importante.
El ascenso tampoco.
Ni Ana.
Ni Mateo.
Ni derrotar a Salvador.
Ni descubrir la verdad sobre Esteban.
Yo ya era suficiente cuando subí a aquel autobús con zapatos baratos, miedo y 2,800 pesos en el bolsillo.
Solo tardé unos años en dejar de pedirle al mundo permiso para creerlo.