Se burlaron de ella por irse a Ciudad de México con solo 2,800 pesos — años después, el primo que más se rio terminó suplicándole ayuda.

Mi papá se sentó.

—¿Vas a conseguirles trabajo?

Negué.

—No.

—¿Entonces?

—Voy a enseñarles lo que yo aprendí. El resto tendrán que hacerlo ellos.

El primer taller tuvo 34 personas.

La última en quedarse fue una muchacha llamada Daniela.

Tenía 20 años.

—Valeria.

—Dime.

—Quiero irme a Ciudad de México.

Sonreí.

—¿Tienes trabajo?

—No.

—¿Dónde quedarte?

—Todavía no.

—Empieza resolviendo eso.

Rio.

Después bajó la mirada.

—Mi familia dice que voy a fracasar.

La observé.

Por un segundo vi mi maleta.

Mi blusa azul.

Los 2,800 pesos.

La terminal.

La risa de Esteban.

—Puede que fracases en algo.

Daniela levantó la cabeza.

—Eso no ayuda.

—También te van a rechazar. Vas a equivocarte. Probablemente un día quieras regresar.

—Entonces, ¿no debería irme?

—Yo no dije eso.

Me acerqué.

—Solo no construyas tu vida para demostrar que ellos están equivocados.

—¿Entonces para qué?

Miré hacia la puerta.

Mateo esperaba afuera.

Mi mamá guardaba las sillas.

Mi papá discutía con una impresora como si fuera un enemigo personal.

Sonreí.

—Para descubrir qué puedes hacer cuando dejas de pedir permiso.

Esa noche caminé por la misma calle de la que había salido años atrás.

Mateo tomó mi mano.

—¿Te acuerdas de lo que dijiste antes de subir al autobús?

—Dije muchas tonterías.

—Que regresarías con una historia de la que tus padres estarían orgullosos.

Miré la casa.

Luego el pequeño salón donde 34 jóvenes acababan de aprender algo que quizá les abriría una puerta.

—Durante mucho tiempo pensé que la historia tenía que terminar conmigo teniendo dinero, un puesto importante y todos arrepentidos de haberse reído.

—¿Y ahora?

Pensé en Esteban.

Ya no sentí rabia.

Tampoco satisfacción.

Solo distancia.

—Ahora sé que esa nunca fue la historia.

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