Se burlaron de ella por irse a Ciudad de México con solo 2,800 pesos — años después, el primo que más se rio terminó suplicándole ayuda.

Se fue.

A las 11:20 recibimos el primer resultado.

Mi cuenta había iniciado sesión desde mi computadora.

A las 10:41 de la noche.

Seis minutos antes de enviar el correo.

—Eso es imposible —dije.

—¿Estabas aquí? —preguntó Ana.

Saqué mi teléfono.

Mi tarjeta de transporte mostraba entrada al metro a las 10:19.

Además Mateo me había enviado una foto de ambos comprando café abajo del edificio a las 9:54.

—Yo ya no estaba aquí.

Ana pidió las cámaras.

Esperamos casi 2 horas.

Cuando el video llegó, vimos el pasillo vacío.

10:38.

10:39.

10:40.

Después apareció alguien.

Salvador.

Entró al área administrativa.

Se acercó a mi escritorio.

Permaneció allí 9 minutos.

Ana no dijo nada.

Yo tampoco.

Entonces recordé algo.

—Mi computadora estaba bloqueada.

—Tal vez conocía tu contraseña —dijo Ana.

Negué.

—La cambié después del primer incidente.

—¿Dónde la guardabas?

Pensé.

Y lo recordé.

Durante meses había utilizado un pequeño cuaderno para apuntar claves temporales de sistemas internos.

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