—¿Tú sabías del correo?
Otro silencio.
—Solo queríamos que el proceso fuera más fácil.
Sentí que el pecho me ardía.
—¿Queríamos?
—No fue idea mía.
Miré a Ana.
Ella estaba grabando desde su propio teléfono.
—¿De quién fue?
—No puedo decirte.
—Entonces voy con auditoría.
—¡Espera!
Su voz explotó.
—Salvador dijo que solo necesitábamos ajustar la evaluación. Nada más. Dijo que nadie perdería dinero.
Cerré los ojos.
Ahí estaba.
—¿Cuánto te pagaban?
—No es así.
—¿Cuánto?
—Vale…
—¿Cuánto?
—120,000.
Ana dejó de escribir.
—¿Y Salvador?
Esteban respiró.
—No sé.
—Mientes.
—No sé exactamente.
—¿R&C Servicios Integrales es de él?
Silencio.
Eso fue suficiente.
—Esteban.
—Escúchame. Tú puedes arreglar esto.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo?
—Di que autorizaste el cambio porque yo soy tu primo. Te van a correr, quizá, pero no te van a hacer nada más. Yo te doy dinero mientras encuentras otro trabajo.
Durante 3 segundos no reconocí al hombre al otro lado del teléfono.
Luego recordé algo.
Sí lo reconocía.
Era el mismo que había decidido años atrás cuánto valía mi sueño antes de que yo siquiera lo intentara.
Solo que ahora necesitaba que yo misma confirmara que tenía razón sobre mí.
—¿Quieres que yo cargue con esto?
—Somos familia.
Solté una risa sin alegría.
—Qué extraño.
—¿Qué?
—Cuando me fui a Ciudad de México, dijiste que gente como yo no pertenecía aquí.
—Valeria…
—Ahora necesitas que sea yo quien caiga para que gente como tú pueda quedarse.
Colgué.
Auditoría tardó 4 días en reconstruir todo.
R&C Servicios Integrales estaba registrada a nombre de un socio de Salvador.
Altamira facturaría servicios a esa empresa.