Se burlaron de ella por irse a Ciudad de México con solo 2,800 pesos — años después, el primo que más se rio terminó suplicándole ayuda.

Ni Mateo.

Ni derrotar a Salvador.

Ni descubrir la verdad sobre Esteban.

Yo ya era suficiente cuando subí a aquel autobús con zapatos baratos, miedo y 2,800 pesos en el bolsillo.

Solo tardé unos años en dejar de pedirle al mundo permiso para creerlo.

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