Se burlaron de ella por irse a Ciudad de México con solo 2,800 pesos — años después, el primo que más se rio terminó suplicándole ayuda.

Sonreí.

—¿Tienes trabajo?

—No.

—¿Dónde quedarte?

—Todavía no.

—Empieza resolviendo eso.

Rio.

Después bajó la mirada.

—Mi familia dice que voy a fracasar.

La observé.

Por un segundo vi mi maleta.

Mi blusa azul.

Los 2,800 pesos.

La terminal.

La risa de Esteban.

—Puede que fracases en algo.

Daniela levantó la cabeza.

—Eso no ayuda.

—También te van a rechazar. Vas a equivocarte. Probablemente un día quieras regresar.

—Entonces, ¿no debería irme?

—Yo no dije eso.

Me acerqué.

—Solo no construyas tu vida para demostrar que ellos están equivocados.

—¿Entonces para qué?

Miré hacia la puerta.

Mateo esperaba afuera.

Mi mamá guardaba las sillas.

Mi papá discutía con una impresora como si fuera un enemigo personal.

Sonreí.

—Para descubrir qué puedes hacer cuando dejas de pedir permiso.

Esa noche caminé por la misma calle de la que había salido años atrás.

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