Encontró a un niño desesperado llorando frente a una farmacia.
No tenía dinero suficiente para comprar una medicina para su madre.
Lucía solo tenía 200 pesos en la cartera.
Era todo lo que tenía para comprar comida esa semana.
Pero miró al niño y recordó algo que su propio padre le había enseñado:
“Cuando alguien necesita ayuda y puedes hacerlo, no calcules primero cuánto pierdes.”
Le dio el dinero.
Nunca volvió a saber de él.
—Mamá…
Valeria tomó aire.
—Ese niño ahora es Mateo Alcázar.
Lucía se quedó completamente quieta.Al día siguiente, Mateo llegó al café como siempre.
Pero esta vez Valeria no lo recibió como una simple mesera.
Cuando dejó el café sobre la mesa, sonrió.
—Mi mamá dice que usted era un niño muy terco.
Mateo levantó la mirada.