—Yo tenía diez años. Corrí buscando ayuda. Entré a una farmacia, pero no tenía suficiente dinero para comprar el medicamento que necesitaba.
—¿Cuánto faltaba?
Mateo sonrió apenas.
—200 pesos.
Valeria entendió.
—¿Quién se los dio?
Mateo miró hacia la ventana.
—Una mujer que estaba limpiando mesas en un pequeño restaurante.
—¿Una mesera?
—Sí.
Su voz se volvió más suave.
—No me preguntó quién era mi familia. No me preguntó por qué estaba solo. No me dijo que era mi problema.
—Solo me dio el dinero.
Valeria miró sus manos.
—¿Y encontró a esa mujer?
Mateo negó con la cabeza.
—No.
—Entonces, ¿por qué dejó exactamente esa cantidad durante un año?
Él sonrió.
—Porque durante años pensé que nunca volvería a verla.
—¿Y ahora?
Mateo la miró.
—Creo que la vida tiene formas extrañas de devolver las cosas.
Valeria se quedó inmóvil.