—¿Y si me equivoco?
—Te equivocarás.
Frunció el ceño.
—Eso no ayuda mucho.
—Pero es verdad.
Años después, cuando Mariana tenía veinticuatro, me invitó a cenar.
Ya era ingeniera.
Tenía trabajo.
Su propio departamento.
Cuando llegó la cuenta, saqué mi tarjeta.
Ella puso la suya primero.
—Yo invito.
—Soy tu padre.
—Y yo quiero gastar mi dinero, papá.
Nos reímos.
Después fuimos a su departamento.
En la cocina vi una canasta.
Pan.
Fruta.
Chocolate.
Galletas.
Mariana notó que estaba mirándola.
—Todavía me gusta tener comida visible.
—Está bien.
Abrió un cajón.
Estaba vacío.
—Mira.
Sonreí.
Ya no escondía nada.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
Entonces me preguntó:
—¿Sabes qué fue lo peor de todo?
Pensé que hablaría del hambre.
Del dinero.
De los golpes.
Pero negó.
—Que ella te contó una versión de mí y a mí me contó una versión de ti. Y consiguió que viviéramos cinco años queriéndonos sin saberlo.