—Tu mamá no puede ni comprarte unos zapatos decentes, mijita. ¿Quieres terminar igual que ella? ¿Vendiendo enchiladas afuera de una oficina?
Marisol cerró los ojos.
No por vergüenza.
Porque recordó a Sofía preguntándole una noche si ser pobre era algo malo.
Y ella no había entendido de dónde venía esa pregunta.
El video siguió.
Ricardo señaló a Mateo.
—Tú eres el grande. Tú vas a convencer a tu hermana. Si tu mamá se deprime, si llora, si se enferma, será por culpa de ustedes. ¿Sí entiendes, campeón?
Mateo, en la grabación, no contestaba.
Solo miraba al piso.
Pero el Mateo del juzgado miraba al juez.
Como si por fin alguien pudiera escuchar lo que él no había podido gritar.
El juez apretó la mandíbula.
—Siguiente archivo.
El segundo era un audio.
La voz de Ricardo sonaba tranquila, casi burlona.
—No, Daniela, no te preocupes. Mañana la dejo sin los niños. Después de eso, Marisol no va a tener ni fuerzas para pelear. Le voy a demostrar que sin mí no es nadie.
Una mujer se rió al otro lado.
—¿Y si el niño habla?
Ricardo soltó una carcajada.
—¿Mateo? Ese chamaco me tiene miedo. Además, ya sabe que si abre la boca, su mamá paga.
La sala se quedó muda.
Marisol sintió que algo se le rompía, no por escuchar el nombre de otra mujer, sino por confirmar que sus hijos habían vivido amenazados mientras ella creía que solo estaban tristes.
Ricardo golpeó la mesa.
—¡Eso está sacado de contexto!
El juez ni siquiera lo miró.
—Siguiente.
Mateo bajó la cabeza.
—Ese es el más feo.
El video apareció tembloroso.