Marisol levantó la cara de golpe.
—¡Las cosas feas las provocaste tú!
El juez golpeó la mesa.
—Señora Rivas, le pido control.
Ricardo no volteó.
Pero sonrió.
Una sonrisa mínima, filosa, que solo Marisol alcanzó a ver.
Mateo también la vio.
El juez se acomodó los lentes.
—Mateo, necesito escucharte. Sin miedo. Sin presión. ¿Con quién quieres vivir? ¿Con tu mamá o con tu papá?
La sala se quedó helada.
Sofía empezó a temblar.
Ricardo inclinó un poco la cabeza hacia Mateo, como quien da una orden sin palabras.
Marisol sintió que el pecho se le partía.
Sabía que Ricardo había llevado a los niños a cenar hamburguesas, les había prometido videojuegos, alberca, cuarto propio y vacaciones en Cancún.
También sabía que les había metido miedo.
Les dijo que si elegían a su mamá, vivirían comiendo sobras.
Que ella iba a terminar enferma por su culpa.
Que los pobres siempre arrastraban a los demás.
Mateo respiró hondo.
Se puso de pie.
—Señor juez… antes de contestar, quiero enseñar algo.
La abogada de Ricardo frunció el ceño.
—¿Algo de qué tipo?
Mateo metió la mano en la mochila vieja que Marisol le había comprado en el tianguis.
Ricardo se puso rígido.
—Mateo, siéntate.
El niño no obedeció.
Sacó un celular antiguo, con la pantalla rota y cinta transparente en una esquina.
—Aquí está la verdad —dijo con la voz quebrada—. Y mi mamá no sabía que yo la guardé.
Ricardo se levantó de golpe.
—¡Dame ese celular, mocoso!
El guardia dio un paso hacia él.
Sofía soltó un grito chiquito.
Marisol se quedó inmóvil.
Porque entendió, demasiado tarde, que su hijo de 9 años había estado cargando una bomba en silencio.