—¿Y mi madre? —pregunté con la garganta anudada—. ¿La mujer que me crió?
Celia respiró hondo.
—Ella lo sabía.
Esa respuesta me dejó sin palabras.
-No.
—Sí. Se llama Rosaura. Le confié tu vida una madrugada. Era la única persona decente que tenía cerca en aquel momento. Te crió para salvarte.
No pude soportarlo más.
Agarré mi chaqueta, dejé las llaves, el sobre, lo dejé todo. Salí de la habitación como si las paredes me empujaran hacia atrás. Caminé durante horas hasta que terminé sentado en una gasolinera de carretera, todavía con mi traje, viendo pasar los camiones y preguntándome cuántas veces puede un hombre robar en una sola noche.
Llegué a casa al amanecer.
Mi madre estaba en el patio, dándoles de comer maíz a las gallinas. Cuando me vio entrar con la corbata suelta, el rostro despeinado y los ojos desorbitados, dejó caer la lata que tenía en las manos.