Maribel bajó la mirada. Llevaban 10 años casados y 5 viviendo en esa casita rentada, húmeda, con techo de lámina en la parte de atrás y una pared que se descarapelaba cada vez que llovía. Martín odiaba esa casa. Odiaba también que sus compañeros de la fábrica se burlaran:
“¿Otra vez sin lana, compa?”
“Tu vieja sí te trae bien cortito.”
“Ni mi mamá me controlaba así.”
Él se reía por no verse ardido, pero por dentro se le iba juntando una rabia fea. Maribel nunca compraba nada para ella. No iba al salón, no estrenaba ropa, no pedía comida. Con el tiempo, Martín empezó a sospechar que Maribel guardaba dinero en secreto para dejarlo algún día.
La gota que derramó el vaso llegó en su aniversario de bodas. Martín volvió tarde y cansado, pero la mesa estaba puesta con pollo rostizado, sopa y un pequeño flan. Maribel llevaba un vestido rojo sencillo, el mismo de cuando eran novios.
—Feliz aniversario, Martín —dijo ella, sonriendo nerviosa.
Él no sonrió. —¿Y esto con qué dinero lo compraste?
Antes de que ella respondiera, su celular vibró. Martín leyó el mensaje:
“Doña Maribel, mañana firmamos. Traiga el último pago. —Ernesto.”
El rostro de Martín se hardenedció. —¿Ernesto? ¿Quién demonios es Ernesto? ¡5 años quitándome mi dinero para dárselo a otro cabrón!
Maribel abrió un cajón, sacó un sobre amarillo grueso y lo puso frente a él con las manos temblando.
—Antes de decir otra cosa, abre esto.
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