“Costuras de la señora Lety: 250.”
“Pago Ernesto: 1,800.”
“Faltan 23,400.”
“Faltan 12,000.”
“Faltan 3,500.”
“Último pago: mañana.”
Martín sintió que se le aflojaban las piernas y se sentó en la silla más cercana. Maribel permaneció de pie, con el vestido rojo gastado y los ojos llenos de una tristeza que él nunca se había detenido a mirar.
—Hace 5 años vi ese terreno anunciado en una cartulina pegada afuera de una tienda —explicó—. Estaba lejos, sí. No era una zona elegante. Pero costaba lo único que nosotros podíamos intentar pagar.
Martín se tapó la boca. —¿Por qué nunca me dijiste?
Maribel soltó una risa rota.
CONTINÚA EN LA PÁGINA SIGUIENTE.
—Porque cada vez que hablábamos de dinero terminábamos peleando. Tú llegabas cansado, con razón. Yo también estaba cansada. Y si te decía, ibas a querer usar ese dinero para descansar un poquito, para darte un gusto, para no sentirte menos que tus amigos. Preferí cargar con tu enojo. Preferí que me dijeras tacaña, exagerada, controladora… antes que vernos otros 10 años pagando renta.