Martín cerró los ojos. Le llegaron todos los recuerdos de golpe: la vez que le gritó por 20 pesos, la vez que se fue a dormir sin cenar para castigarla, las burlas de sus amigos y las noches en que ella lloró en silencio. Qué cobarde se sintió. Qué pequeño.
Maribel sacó una tercera hoja. —Y hay algo más.
Martín levantó la cara, asustado. —¿Más?
Ella asintió. —No solo pagué el terreno. También aparté material: cemento, varilla, block. Don Ernesto tiene un primo albañil que nos va a ayudar a levantar primero 2 cuartos y el baño. No va a quedar bonita al principio, pero va a ser nuestra.
Martín empezó a llorar en silencio, con la cara torcida, los hombros vencidos y la vergüenza atravesándole el pecho. Maribel se acercó despacio, le tomó la mano y lo abrazó con ternura. Sabía que a partir de ese día, comenzarían a construir no solo una casa, sino un verdadero hogar.
fin.