Luego miró la fotografía que Mateo había dejado sobre la mesa.
—Así que sí la tienen.
Volteé hacia mi hijo.
—Mateo, explícame qué está pasando.
Él tragó saliva.
Por primera vez desde que empezó todo, ya no parecía un muchacho seguro de su plan. Parecía exactamente lo que era: un adolescente de catorce años que quizá había descubierto algo más grande de lo que esperaba.
Tomé la fotografía.
Había sido captada desde un ángulo alto.
Se veía nuestra entrada, parte de la calle y la camioneta de Rogelio.
Pero la bicicleta no aparecía.