Rogelio soltó una risa.
—Si quieres dinero, demándame.
Mateo me tomó del brazo antes de que la discusión empeorara.
—Vámonos, papá.
Esa tarde le prometí que resolveríamos el problema.
Tomé fotografías, guardé el recibo de compra y hablé con un vecino que había visto lo ocurrido desde su ventana.
Incluso consulté qué necesitábamos para presentar una reclamación formal si Rogelio seguía negándose.
Pero Mateo estaba demasiado tranquilo.
Eso me llamó la atención.
Durante varios días casi no mencionó la bicicleta.
El sábado por la mañana apareció en la cocina mientras yo tomaba café.
—Papá, ya no hagas nada con Rogelio.
Levanté la mirada.
—¿Cómo que no haga nada?
—Yo ya lo arreglé.
Dejé la taza sobre la mesa.
—Mateo, dime exactamente qué hiciste.
Sonrió de una manera que no me gustó nada.
—Nada ilegal.
—Eso no me tranquiliza.
Tomó su mochila y salió al patio.
Lo seguí.
Entonces vi que llevaba una carpeta transparente llena de hojas.
Dentro había fotografías de la bicicleta, una copia del recibo… y algo más.
Una impresión con el logotipo de la administración del fraccionamiento.
—¿Qué es eso?
Mateo guardó la carpeta rápidamente.
—Te dije que yo podía resolverlo.
Una hora después tocaron nuestro timbre.
Era Rogelio.
Pero ya no venía sonriendo.
Traía el rostro rojo de coraje y sostenía una hoja arrugada entre los dedos.
—¡Quiero hablar con tu hijo!
Me puse frente a la puerta.
—Primero hablas conmigo.
Rogelio levantó el documento.
—¿Tienes idea de lo que hizo?
Mateo apareció detrás de mí.
—Sí. Claro que sé.
Rogelio lo señaló.
—Por culpa de esto me citaron mañana en la administración.
Miré a Mateo.