A los 6 años le prometí a mi mejor amigo con síndrome de Down que iríamos juntos al baile

Cada sábado lavaba coches, cortaba el pasto de algunos vecinos y ayudaba a cargar mercancía en la papelería de don Ernesto. Nunca le regalamos el dinero.

Quería comprarla con su propio esfuerzo.

Y lo consiguió.

Por eso verlo parado junto al portón de nuestra casa en Querétaro, mirando el cuadro doblado de su bicicleta sin decir una palabra, me dolió más que cualquier discusión.

Rogelio había salido de reversa de su cochera sin fijarse.

La bicicleta estaba apoyada junto a nuestra entrada, perfectamente visible.

Aun así, él se cruzó de brazos.

—Pues también tiene que aprender a cuidar sus cosas.

Sentí que me hervía la sangre.

—Tú la atropellaste.

—Fue un accidente.

—Entonces hazte responsable.

Rogelio soltó una risa.

—Si quieres dinero, demándame.

Mateo me tomó del brazo antes de que la discusión empeorara.

—Vámonos, papá.

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