Por dentro estaban nuestras iniciales.
R y S.
—Pueden robarme todo eso —dijo Sebastián—. No demuestra que sea yo.
El cuerpo estaba demasiado dañado para reconocer el rostro.
Entonces el médico comenzó a describirlo.
33 años.
1.82 de estatura.
Sangre A positivo.
Una cicatriz de apendicitis.
Sebastián tenía 33 años.
Medía 1.82.
Su sangre era A positivo.
Y tenía aquella misma cicatriz.
Levantó la camiseta para demostrarlo.
El médico dejó de escribir.
Yo dejé de respirar.
Regresamos a casa cuando comenzaba a amanecer.
En el elevador, Sebastián tomó mi mano.
—Renata, mírame.
Lo hice.
—Soy yo.
Entonces mencionó nuestra primera cita en Coyoacán.
Recordó el puesto donde derramé café sobre mi vestido.
Recordó que me escondí en un baño durante 20 minutos porque pensé que había arruinado la noche.
Aquello nunca se lo habíamos contado a nadie.
Sentí alivio.
Hasta que las puertas del elevador se abrieron.
Sebastián extendió la mano izquierda para sostenerlas.
Me quedé inmóvil.
Mi esposo era extremadamente diestro.
Se cepillaba los dientes con la derecha.
Abría puertas con la derecha.
Usaba el teléfono con la derecha.
Incluso cargaba las bolsas del supermercado con la derecha aunque pesaran demasiado.
Me repetí que estaba agotada.
A las 9:40, el detective Mauricio Robles me llamó.
—Tenemos video de su camioneta saliendo del estacionamiento anoche a las 10:22.
—Entonces alguien la robó.
—Eso pensamos.
Hizo una pausa.
—Pero el registro electrónico de su departamento dice que su esposo nunca salió.
Sentí que el piso se movía.
Nuestro acceso funcionaba con huella digital.
Después de colgar abrí la aplicación.
Había 3 usuarios.
Renata.
Sebastián.
Y uno sin nombre.
Aquella tercera huella había sido registrada 8 meses antes.
Revisé el historial.
Había abierto nuestra puerta 47 veces.