—Sabes que no puedes detenerme.
Entonces dije su verdadero nombre.
—Sebastián.
La llave dejó de girar.
Silencio.
Después escuché su risa.
—Por fin reconociste a tu propio esposo.
Empujó.
La puerta cedió.
Caí hacia atrás.
Sebastián entró tranquilamente y cerró.
—Pude engañar a la policía —dijo—. Sabía que engañarte a ti sería más difícil.
—Mataste a Nicolás.
—Él intentó matarme primero.
Según Sebastián, Nicolás había descubierto que planeaba desaparecer.
Había manipulado los frenos de la camioneta creyendo que Sebastián conduciría hasta un muelle abandonado donde supuestamente recibiría dinero.
Pero aquella noche, cuando intercambiaron ropa en nuestro dormitorio, Sebastián percibió olor a líquido hidráulico.
Comprendió lo que su hermano había hecho.
Y lo obligó a llevarse la camioneta.
—Sabías que podía morir.