—Sabes que no puedes detenerme.
Entonces dije su verdadero nombre.
—Sebastián.
La llave dejó de girar.
Silencio.
Después escuché su risa.
—Por fin reconociste a tu propio esposo.
Empujó.
La puerta cedió.
Caí hacia atrás.
Sebastián entró tranquilamente y cerró.
—Pude engañar a la policía —dijo—. Sabía que engañarte a ti sería más difícil.
—Mataste a Nicolás.
—Él intentó matarme primero.
Según Sebastián, Nicolás había descubierto que planeaba desaparecer.
Había manipulado los frenos de la camioneta creyendo que Sebastián conduciría hasta un muelle abandonado donde supuestamente recibiría dinero.
Pero aquella noche, cuando intercambiaron ropa en nuestro dormitorio, Sebastián percibió olor a líquido hidráulico.
Comprendió lo que su hermano había hecho.
Y lo obligó a llevarse la camioneta.
—Sabías que podía morir.
—Él cortó mis frenos.
—Y tú lo enviaste deliberadamente a conducir.
Sebastián perdió la sonrisa.
—Nicolás siempre quiso mi vida.
—Y tú utilizaste eso.
Retrocedí hacia la cocina.
Necesitaba ganar tiempo.
—¿Dónde están los 560 millones?
Sus ojos se endurecieron.
—A salvo.
—¿Y después qué?
—Empezar de nuevo.
—¿Conmigo?
—Si hubieras cooperado.
Aquella frase me atravesó.
Recordé algo que el detective me había dicho.
Existía un seguro de vida de 90 millones de pesos a mi nombre.
Sebastián era el único beneficiario.
—¿Qué planeabas hacer conmigo?
No contestó.
Eso fue suficiente.
—Necesitabas otro cadáver.
—Renata…
—Compraste gasolina, plástico industrial y cuerdas.
—No entiendes.
—Entiendo perfectamente.
Me temblaban las manos.
—Primero Nicolás. Después yo.
—Jamás habría permitido que te pasara nada si hubieras hecho lo que necesitaba.