11 meses antes había sufrido un pequeño accidente automovilístico.
Pasó 4 días en observación.
Cuando regresó, preparé sopa.
Tenía cilantro.
Se terminó el plato completo.
Al día siguiente volvió a odiarlo.
También me preguntó dónde guardábamos las bolsas de basura.
Y de qué lado de la cama dormía yo.
Pensé que eran efectos del golpe.
Ahora comprendía que durante algunos días no había vivido con Sebastián.
Había vivido con Nicolás.
Pero entonces recordé algo que ninguno de ellos podía imitar.
Cuando Sebastián tenía 19 años se fracturó el tobillo derecho andando en bicicleta.
Los médicos colocaron 2 tornillos de titanio.
Marqué al detective.
—Revise el tobillo derecho del cadáver.
30 minutos después llamó.
—No hay ningún tornillo.
Me senté.
La verdad apareció completa.
El muerto era Nicolás.
El hombre que había confesado llamarse Nicolás era realmente Sebastián.
Mi esposo seguía vivo.
Y estaba intentando desaparecer usando la identidad limpia de su hermano muerto.
La policía me ordenó no confrontarlo.
Preparé una maleta.
Iba a irme a casa de mi hermana cuando escuché 3 golpes en la puerta.
Miré por la mirilla.
Era él.
Sebastián levantó la cabeza.
Sonrió directamente hacia mí.
—Recordaste lo del tobillo.
Se me heló la espalda.
Activé la alarma silenciosa que el detective había instalado en mi teléfono.
—Vete.
—Tenemos 9 años de matrimonio que hablar.
Escuché una llave entrando en la cerradura.
Había cambiado el código digital.
Había olvidado la llave mecánica.
Empujé la puerta con todo mi cuerpo.
—No entres.
Sebastián giró la llave.