«Tenlo si quieres, pero para mí ese niño no existe», dijo el cirujano antes de dejarme embarazada y sola con un sobre de dinero. Durante meses no lo llamé ni le pedí un peso. Solo envié una fotografía al hospital el día de una cirugía importante. Cuando la vio junto a una imagen de su propia infancia, pidió que otro médico ocupara su lugar… y nadie entendía por qué.

Fuera del hospital, casi lo eran.

Gabriel había llegado de Ciudad de México para una estancia de dos años que terminó convirtiéndose en tres. Era brillante, exigente y ambicioso. Mariana fue la única que, al principio, se atrevió a decirle:

—Si quiere que prepare la mesa de otra manera, enséñeme una vez. No necesito que me grite diez.

Él le enseñó. Ella nunca volvió a equivocarse.

Después llegaron los cafés de madrugada, las guardias interminables, los tacos de barbacoa los domingos y un departamento rentado cerca del hospital. Gabriel no hablaba de matrimonio, pero compartía la vida con ella. Mariana creyó que eso también era una promesa.

Hasta aquella noche.

Tenía ocho semanas de embarazo. Había pasado todo el día con la prueba escondida en la bolsa del uniforme.

Cuando se lo dijo, Gabriel se quedó de espaldas frente al fregadero y comenzó a lavarse las manos como si estuviera a punto de entrar a cirugía.

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