«Tenlo si quieres, pero para mí ese niño no existe», dijo el cirujano antes de dejarme embarazada y sola con un sobre de dinero. Durante meses no lo llamé ni le pedí un peso. Solo envié una fotografía al hospital el día de una cirugía importante. Cuando la vio junto a una imagen de su propia infancia, pidió que otro médico ocupara su lugar… y nadie entendía por qué.
—Quiso destruirlo profesionalmente. Yo le dije que no. Entonces también me retiró su apoyo.
Mariana cruzó los brazos.
—¿Quieres que sienta lástima?
—No. Quiero que sepas que ya no estoy detrás de él. Y admitir que ayudé a destruir varios meses de tu vida.
Mariana pensó en los cuchicheos, en la reducción de sueldo, en la libreta de gastos y en las noches en que Rosa fingía dormir para que ella no la oyera llorar.
—No te perdono todavía —respondió—. Para perdonar primero tengo que dejar de sentir que me arrancaron algo. Y aún no llego ahí.
Fernanda asintió.
—Lo entiendo.
Antes de irse preguntó:
—¿Es niña?
—Sí.
—Ojalá nazca bien.
—Eso también quiero yo.
El parto comenzó a las dos de la madrugada, en medio de una tormenta.
Gabriel llegó al hospital antes de que Mariana entrara al área obstétrica. Josefina lo encontró frente a la puerta.
—Usted no entra.
—Soy médico.
—Aquí ahorita es el papá. Y los papás esperan.
Lo sentó en una banca de plástico.
Gabriel pasó seis horas allí, sin dar órdenes ni intentar usar su bata como privilegio.
A las ocho y diecisiete se escuchó el llanto.
Veinte minutos después Josefina salió con una bebé envuelta en una cobija rosa.
—Tres kilos doscientos. Sana. Su mamá también.
Gabriel abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
—¿La va a cargar o solo piensa operarla con la mirada?
Él extendió los brazos.
Le temblaban.
Josefina acomodó a la niña y, al retirar un pequeño mechón junto a la sien derecha, se detuvo.
—Mire.
Había una marca pálida en forma de media luna.
La misma de la fotografía.
Gabriel se sentó porque las piernas dejaron de sostenerlo. Inclinó la cabeza sobre su hija y dejó caer dos lágrimas sobre la cobija.