Lucía dormía en una carriola prestada que chirriaba de una rueda.
Cuando la funcionaria preguntó los apellidos de la niña para completar el reconocimiento legal de paternidad, Mariana miró a Gabriel.
Él no respondió por ella.
Esperó.
—López Ortega —dijo Mariana.
Gabriel sonrió, no porque hubiera ganado algo, sino porque por fin entendía que nadie le debía devolver lo que él había roto.
Al salir comenzó una llovizna ligera. Gabriel empujó la carriola y se detuvo bajo un árbol para revisar si Lucía estaba cubierta.
Mariana lo observó desde unos pasos atrás.
Tres años antes había creído que amar era conocer las manías de alguien, planchar sus camisas y anticipar lo que necesitaba antes de que lo pidiera.
Después entendió otra cosa.
Amar también era saber poner un límite.
Era no aceptar dinero a cambio de silencio.