«Tenlo si quieres, pero para mí ese niño no existe», dijo el cirujano antes de dejarme embarazada y sola con un sobre de dinero. Durante meses no lo llamé ni le pedí un peso. Solo envié una fotografía al hospital el día de una cirugía importante. Cuando la vio junto a una imagen de su propia infancia, pidió que otro médico ocupara su lugar… y nadie entendía por qué.

“¿Llegaste bien?”

Él respondió un minuto después:

“Sí. Gracias por preguntar.”

No hubo corazones, promesas ni explicaciones. Sin embargo, para Mariana, ese mensaje sencillo valió más que todos los sobres que él había intentado usar para resolver su miedo.

Semanas antes del parto apareció Fernanda.

Llegó sola a Arandas.

—No vine a pedirte que me perdones —dijo—. Vine a decirte algo.

—Te escucho.

—Yo sabía de ti.

Mariana se quedó inmóvil.

Fernanda admitió que había descubierto la relación antes que su padre y que, desesperada por recuperar a Gabriel después de casi siete años de compromiso, terminó contándoselo.

—Creí que si mi papá lo presionaba, volvería conmigo. Y volvió… cuatro meses. Cenaba en mi casa, hablaba de trabajo, pero estaba ausente. Un día dijo que prefería perderlo todo antes que seguir fingiendo.

—¿Y tu padre?

—Quiso destruirlo profesionalmente. Yo le dije que no. Entonces también me retiró su apoyo.

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