Su risa, cuando están planeando una broma, suena casi como un mecanismo de defensa contra el dolor. Laura, de diez años, tiene un tipo diferente de batalla. Desde que Claris murió, ha estado sacando grupos de su propio cabello. Hay parches calvos en su cabeza, marcas de ansiedad que incluso los psicólogos más caros no han podido detener. Julia, de nueve años, sufre de ataques de pánico, especialmente por la noche.

A veces la escucho gritar el nombre de su madre desde el otro lado del pasillo, y me congelo frente a la puerta, sin saber cómo ayudarla. Sofía, de 8 años, ha comenzado a mojar la cama de nuevo. No por accidente, sino por miedo, debido a la regresión emocional que su mente no puede controlar. Y finalmente, Isabela, mi pequeña niña de 3 años, que apenas habla desde que perdió a su madre, apenas susurra una palabra o dos y solo come cuando se duerme.