Atravesó el salón, abrió la puerta acristalada y se quedó inmóvil.
En el césped había decenas de niños.
Había globos, guirnaldas, mesas con bocadillos, tortillas, zumos y una gran tarta casera. Algunos pequeños llevaban ropa sencilla; otros parecían mirar la mansión con timidez, como si temieran tocar algo. En medio de todos ellos, Lucía corría disfrazada de exploradora, riendo con una felicidad que su padre no veía desde hacía años.
Y a pocos metros, Marta, con un sombrero absurdo de pirata, gateaba por la hierba mientras un niño pequeño viajaba sobre su espalda y todos se reían.
Alejandro sintió una mezcla de sorpresa, ternura y furia.
Nadie le había pedido permiso.
Había desconocidos en su propiedad.
Y entonces oyó a un niño decir:
—Nunca había estado en una fiesta de cumpleaños.