—¿Hoy cenas conmigo?
Aquella pregunta siempre le pesaba más que cualquier fracaso empresarial.
Después de varias malas experiencias con cuidadoras, Alejandro había dejado de confiar con facilidad. Una desapareció después de 2 semanas. Otra utilizaba la casa para recibir visitas. Otra trataba a Lucía con una frialdad que él descubrió demasiado tarde. Por eso, cuando 6 meses antes contrató a Marta Ríos, una joven de 29 años de Alcalá de Henares, mantuvo la distancia.
Marta era distinta. No pedía favores, no presumía de trabajar para un hombre rico y jamás hablaba de dinero delante de Lucía. Tenía paciencia para repetir un cuento 10 veces, sabía convertir una tarde lluviosa en una aventura y, poco a poco, consiguió que la niña volviera a reír como antes.
Lucía la quería con una intensidad que incomodaba a Alejandro.
Su madre, Beatriz, incluso se lo había advertido.