Él la recibió en el despacho. Sobre la mesa había 2 documentos.
—Antes de que diga nada —empezó Marta—, sé que no debí organizar la fiesta sin autorización.
—Es verdad.
Ella bajó la mirada.
—Lo entiendo.
Alejandro empujó el primer papel hacia ella.
Era una modificación de su contrato: aumento de sueldo, más días libres y una partida mensual para actividades de Lucía que podría utilizar sin pedir permiso para cada pequeño plan, siempre dentro de unas normas claras de seguridad.
Marta lo miró sin comprender.
—Te contraté para cuidar de mi hija —dijo Alejandro— y acabaste cuidando una parte de ella que yo estaba ignorando.
Luego señaló el segundo documento.
Era el borrador de una fundación.
El nombre provisional era “Días que cuentan”.
Alejandro quería colaborar con asociaciones de Madrid para financiar cumpleaños, excursiones, material escolar y actividades para menores de familias con dificultades. No quería convertir a los niños en publicidad ni llenar las redes de fotografías. Quería un proyecto estable y discreto.