Alejandro sintió vergüenza.
No por ellos.
Por sí mismo.
Se quitó la chaqueta y caminó al centro del césped.
—La fiesta sigue.
Beatriz lo miró incrédula.
—Alejandro.
—He dicho que sigue.
Marta no se movió.
Alejandro tomó un plato de cartón y miró a Lucía.
—¿Queda tarta para mí?
La niña abrió los ojos.
—Sí, pero tienes que jugar.
—Eso no estaba en el contrato.
—Pues ahora sí.
Por primera vez en mucho tiempo, Alejandro se rio sin mirar el teléfono.
Durante la siguiente hora perdió una carrera de sacos, recibió una pegatina de estrella en la frente y ayudó a servir la merienda. Después vio a un niño llamado Hugo guardando parte de su comida. Marta le explicó que vivía con su madre y 2 hermanos y que solía llevarles parte de su merienda.
Alejandro quiso preparar cajas para todas las familias.