Meses después, Beatriz apareció en una actividad con 3 cajas de libros infantiles. Insistió en que solo estaba “echando una mano”. Nadie discutió con ella.
“Días que cuentan” creció despacio. La primera celebración oficial se hizo en un centro comunitario de Vallecas. Luego llegaron actividades en Carabanchel, Getafe y Alcalá. Alejandro rechazó empresas que exigían colocar su logotipo junto a cada niño. Había aprendido que la dignidad valía más que una fotografía corporativa.
En una de esas primeras jornadas, Alejandro vio a Lucía abrir una caja con varios juguetes nuevos que él había comprado para donar. La niña separó algunos y luego añadió su muñeca favorita, una que conservaba desde que Clara vivía. Alejandro quiso detenerla.
—Esa no. Esa es especial.
Lucía la sostuvo contra el pecho y respondió:
—Precisamente por eso.
No la regaló por obligación. Se la entregó a una niña de su edad que acababa de mudarse a un centro de acogida. Alejandro comprendió que Marta no le había enseñado a desprenderse de lo que no quería, sino a compartir incluso aquello que tenía valor. Y esa diferencia volvió a dejarlo sin palabras.
Marta continuó cuidando a Lucía. Seguía preparando meriendas, ayudando con los deberes y negociando la hora del baño. Pero ahora Alejandro estaba presente en muchos de esos momentos.
Una noche de tormenta, Lucía apareció en la puerta de su despacho.
Antes, él habría llamado a Marta.
Esta vez cerró el portátil.
—¿La canción de mamá?
Lucía asintió.
Alejandro tardó en recordar la melodía. La voz se le quebró, pero siguió cantando.
Marta lo oyó desde el pasillo y no entró.
Aquel momento pertenecía a padre e hija.