Beatriz intervino.
—No tienes derecho a hablarle así. Eres una empleada.
Marta asintió.
—Lo sé.
Lucía tomó su mano.
—Pero es mi amiga.
—No es de la familia —replicó Beatriz.
Lucía frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué estuvo conmigo cuando tuve fiebre y papá estaba en Barcelona? ¿Por qué sabe que me dan miedo las tormentas? ¿Por qué conoce la canción de mamá?
Alejandro miró a Marta.
—¿Qué canción?
Lucía respondió.
—La encontró en un vídeo antiguo. Cuando tengo miedo, me la canta.
Durante 3 años, Alejandro había evitado casi todos los vídeos de Clara. Decía que era por falta de tiempo, pero en realidad no soportaba el vacío. Lucía, en cambio, necesitaba recordar, y Marta lo había entendido.
Miró de nuevo a los niños. Uno sujetaba un globo amarillo como si fuera un tesoro. Otra niña tenía migas de tarta en la mejilla. Todos permanecían quietos, temiendo que la fiesta hubiera terminado.
Alejandro sintió vergüenza.
No por ellos.
Por sí mismo.
Se quitó la chaqueta y caminó al centro del césped.
—La fiesta sigue.
Beatriz lo miró incrédula.
—Alejandro.
—He dicho que sigue.
Marta no se movió.
Alejandro tomó un plato de cartón y miró a Lucía.
—¿Queda tarta para mí?
La niña abrió los ojos.
—Sí, pero tienes que jugar.
—Eso no estaba en el contrato.
—Pues ahora sí.
Por primera vez en mucho tiempo, Alejandro se rio sin mirar el teléfono.
Durante la siguiente hora perdió una carrera de sacos, recibió una pegatina de estrella en la frente y ayudó a servir la merienda. Después vio a un niño llamado Hugo guardando parte de su comida. Marta le explicó que vivía con su madre y 2 hermanos y que solía llevarles parte de su merienda.