En una página aparecían 27 nombres. Junto a cada uno había una frase: “Le gustan los dinosaurios”, “Nunca ha tenido una tarta”, “Quiere ser veterinaria”, “Tiene 2 hermanos pequeños”, “Sueña con ver un partido en un estadio”.
Alejandro levantó la vista.
—¿Has hecho todo esto tú?
Marta negó.
—Lucía me ayudó.
Beatriz soltó una exhalación impaciente.
—No pierdas de vista lo esencial. Esta mujer ha incumplido tus normas.
Durante años, Alejandro había pensado que proteger a Lucía significaba controlar quién entraba, revisar referencias, instalar cámaras y evitar cualquier riesgo. Después de perder a Clara, la posibilidad de volver a perder a alguien le resultaba insoportable.
Pero en aquel jardín había algo que ninguna cámara podía medir.
Lucía estaba feliz.
No por un regalo. No por una pantalla. Feliz de verdad.
Una niña llamada Nadia se acercó a la mesa. Lucía tomó una corona de cartón y se la colocó con cuidado.