En una de esas primeras jornadas, Alejandro vio a Lucía abrir una caja con varios juguetes nuevos que él había comprado para donar. La niña separó algunos y luego añadió su muñeca favorita, una que conservaba desde que Clara vivía. Alejandro quiso detenerla.
—Esa no. Esa es especial.
Lucía la sostuvo contra el pecho y respondió:
—Precisamente por eso.
No la regaló por obligación. Se la entregó a una niña de su edad que acababa de mudarse a un centro de acogida. Alejandro comprendió que Marta no le había enseñado a desprenderse de lo que no quería, sino a compartir incluso aquello que tenía valor. Y esa diferencia volvió a dejarlo sin palabras.
Marta continuó cuidando a Lucía. Seguía preparando meriendas, ayudando con los deberes y negociando la hora del baño. Pero ahora Alejandro estaba presente en muchos de esos momentos.