—Está vacía todavía. Es perfecto.
Raquel detuvo el video.
—¿Perfecto para qué?
Yo no sabía.
Al día siguiente fui al Ministerio Público con las grabaciones, los reportes de la policía y la factura del nuevo cerrajero.
La funcionaria revisó todo con calma.
—¿Su exesposo conserva alguna participación económica en la propiedad?
—Ninguna.
—¿Existe contrato de renta, comodato, autorización escrita?
—No.
—Entonces guarde absolutamente todo. Mensajes, llamadas, grabaciones. No borre nada.
Salí poco antes del mediodía.
En la avenida vendían jugos, tamales y periódicos. Un hombre gritaba el precio de unas fundas para celular. Yo caminaba entre gente que seguía su rutina mientras la mía parecía haberse roto otra vez.
Mauricio llamó.
No contesté.
Volvió a llamar.
A la quinta vez, dejó un mensaje.
“Tenemos que resolver esto como adultos.”
Ese tipo de frase había gobernado mi matrimonio durante años.
“Seamos adultos” significaba que yo debía ceder.
“Piensa en la familia” significaba que él ya había tomado una decisión.
“Confía en mí” significaba que no debía hacer preguntas.
Guardé el mensaje.
Esa tarde Paola me escribió.
“Clara, necesito hablar contigo sin Mauricio.”
Acepté verla en una cafetería de Satélite.
Llegó con lentes oscuros aunque estaba nublado.
Se sentó y tardó varios segundos en quitarse el abrigo.
—Yo no sabía que la casa era para ti —dijo.
—¿Qué te dijo?
—Que tú habías comprado varias propiedades con el dinero del divorcio. Que esta iba a quedarse vacía y que habías ofrecido prestárnosla mientras terminaban nuestro departamento.
Me quedé observándola.
—No compré varias propiedades. Compré una. Y jamás ofrecí nada.
Paola tragó saliva.
—Hay otra cosa.
Sacó su celular.
En una conversación con Mauricio había una fotografía de mi escritura.