Raquel se levantó sobresaltada.
La cámara mostró una silueta junto a la puerta trasera.
Llamé a la policía.
No era Mauricio.
Era Verónica.
Cuando los oficiales llegaron, ella seguía afuera, intentando retirar algo de una caja metálica instalada cerca del medidor.
Dentro encontraron una memoria USB.
Verónica comenzó a llorar.
—Yo sólo vine por lo que Mauricio me pidió.
—¿Qué hay ahí? —preguntó un oficial.
Ella bajó la cabeza.
—Documentos.
Los archivos contenían copias de identificaciones antiguas, contratos del divorcio, recibos y fotografías de firmas mías.
Y un documento incompleto que pretendía ser una autorización para que Mauricio ocupara la casa.
Faltaba únicamente mi firma.
Esa noche, sentada en el piso de mi nueva sala, comprendí algo que me dolió más que el intento de invasión.
Durante años él había usado mi confianza.
Ahora estaba intentando usar hasta mi firma.