Las grabaciones destruyeron ese argumento.
Especialmente una.
La policía recuperó del teléfono de Paola un audio enviado por Mauricio antes de la mudanza.
Su voz se escuchaba tranquila.
—Entramos el sábado. Para cuando Clara reaccione, ya tendremos todo dentro. Después será cuestión de cansarla.
Cuando escuché eso frente a mi abogada, no lloré.
Sólo respiré profundamente.
Durante veintisiete años, Mauricio había contado con mi agotamiento.
Ésa había sido su estrategia favorita.
Cansarme hasta que dijera sí.
Cansarme hasta que dejara de preguntar.
Cansarme hasta que aceptara una versión de la realidad más cómoda para él.
Esta vez no funcionó.
Dos meses después recibí una llamada de Paola.
Ella se había separado de Mauricio.
—No quiero que pienses que te llamo para pedir perdón y quedar bien —me dijo—. Sólo quería decirte que encontré algo.
Me envió una fotografía de una libreta.
Había fechas, gastos y anotaciones.
Junto a la dirección de mi casa aparecía una frase:
“Plan B — instalarse antes del día 15.”
Debajo:
“Clara cede si se presiona con familia.”
Me quedé mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.
Después cerré la imagen.
Ya no necesitaba leer más.
En diciembre, finalmente me mudé por completo.
Raquel vino a ayudarme.
Lucía viajó desde Guadalajara.
Don Ernesto apareció con una maceta enorme que casi no podía cargar.
—Para que esta casa empiece con algo bonito —dijo.
Colocamos la planta junto a la ventana.
La cocina seguía siendo antigua. El jardín necesitaba trabajo. Una tubería goteaba cuando hacía frío.
Pero cada defecto me hacía sonreír.
Porque ahora podía decidir cuándo repararlo.
Podía elegir el color de las paredes.